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Antauro Humala y la tentación peligrosa de usar a Chile como enemigo electoral

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03 mayo, 2026

Por: Rodrigo A. Longa Teran

Cada cierto tiempo, la política latinoamericana vuelve a demostrar que los fantasmas del pasado nunca desaparecen del todo. A veces duermen bajo la superficie, esperando una coyuntura electoral, una crisis de legitimidad o un liderazgo dispuesto a convertir la frustración social en amenaza externa.

Eso es lo que ocurre con las declaraciones de Antauro Humala, líder etnocacerista peruano, quien ha vuelto a instalar en la campaña presidencial de su país una retórica abiertamente hostil hacia Chile, incluyendo la idea de “recuperar” Arica y Tarapacá, ya sea por vías diplomáticas o, en el extremo más grave, mediante una declaración formal de guerra.

El asunto no puede ser leído solo como una excentricidad verbal ni como una frase marginal de campaña. Tampoco conviene sobrerreaccionar con nacionalismo de respuesta. Lo que corresponde es analizar el fenómeno con seriedad: cuando un actor político utiliza la amenaza territorial como herramienta electoral, no está hablando solamente del pasado; está intentando intervenir emocionalmente en el presente.

Antauro Humala representa una vertiente radical del nacionalismo peruano. Su discurso se alimenta de heridas históricas, símbolos militares, resentimientos sociales y una lectura confrontacional de la relación con Chile. En ese marco, Arica y Tarapacá dejan de ser territorios reales, con ciudadanos, instituciones, historia viva y convivencia cotidiana, para convertirse en piezas retóricas de una épica política.

Ese es precisamente el peligro.

Tarapacá no es una consigna. No es un trofeo histórico. No es una bandera para agitar en una campaña ajena. Es una región chilena, compleja, fronteriza, multicultural, con una identidad propia y con una vida cotidiana atravesada por el comercio, la migración, la seguridad, el trabajo, la integración y las tensiones propias de un territorio estratégico.

Desde Iquique, Alto Hospicio, Huara, Camiña, Colchane, Pica y Pozo Almonte, este tipo de declaraciones no se escuchan como una abstracción diplomática. Se escuchan desde una región que vive diariamente las consecuencias de la frontera: flujos migratorios, comercio transfronterizo, contrabando, crimen organizado, redes familiares binacionales y una relación permanente con el mundo andino.

Por eso, cualquier amenaza contra Tarapacá no es solo un gesto simbólico. Tiene impacto político, emocional y estratégico.

Ahora bien, también es necesario distinguir. Roberto Sánchez, candidato presidencial apoyado por sectores vinculados a Humala, ha intentado tomar distancia de las declaraciones belicistas, señalando que no representan ni su posición ni el programa de Juntos por el Perú. Esa diferenciación es relevante, porque evita confundir una campaña presidencial completa con la retórica personal de un aliado incómodo.

Sin embargo, la pregunta sigue abierta: ¿hasta qué punto una candidatura puede beneficiarse de una base radical y, al mismo tiempo, desentenderse de sus discursos más peligrosos?

En política, las alianzas no son neutras. Quien recibe apoyo de sectores extremos debe hacerse cargo del costo democrático de ese respaldo. Más aún cuando ese apoyo viene acompañado de la posibilidad de acceder a espacios estratégicos de seguridad, defensa o interior.

Chile debe responder con sobriedad, pero no con ingenuidad. La política exterior no puede quedar atrapada en provocaciones de campaña, pero tampoco puede mirar hacia otro lado cuando se instala una narrativa que cuestiona la integridad territorial del país. La serenidad diplomática no debe confundirse con indiferencia.

El desafío para Chile, y particularmente para Tarapacá, es reafirmar su soberanía sin caer en el espejo del nacionalismo agresivo. Nuestra mejor respuesta no es la estridencia, sino la claridad institucional, la cohesión interna y una política fronteriza seria.

Porque el verdadero problema no es solo lo que diga Antauro Humala. El problema es que discursos de esa naturaleza encuentren audiencia en contextos de frustración, polarización y desconfianza hacia las instituciones. Cuando la política no ofrece futuro, algunos recurren al pasado. Cuando no hay respuestas sociales, aparecen los enemigos externos. Cuando no hay proyecto de país, se inventa una guerra.

Tarapacá debe estar atenta. No con miedo, sino con conciencia estratégica. Somos una región fronteriza y, por lo mismo, debemos exigir al Estado una mirada especial: más presencia, más inteligencia, más integración, más seguridad y más diplomacia territorial.

La paz no se defiende solo desde las cancillerías. También se defiende fortaleciendo las regiones fronterizas, cuidando sus comunidades, ordenando sus pasos, protegiendo su soberanía cotidiana y evitando que los vacíos del Estado sean ocupados por discursos extremos.

Antauro Humala puede intentar usar a Chile como recurso electoral. Puede agitar viejas heridas y convertir a Tarapacá en bandera de campaña. Pero desde esta región sabemos algo fundamental: la historia merece memoria, no manipulación; y la soberanía se cuida con seriedad, no con gritos.

La verdadera grandeza política no está en declarar enemigos, sino en construir futuro. Y en tiempos de polarización regional, esa diferencia importa más que nunca.

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