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Thanksgiving Criollo para La Moneda, problemas reales el lunes: el Chile que no cabe en la foto familiar

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05, noviembre 2026

Thanksgiving criollo para La Moneda, problemas reales el lunes: el Chile que no cabe en la foto familiar

Por: Rodrigo A. Longa T.

«Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento».

— George Orwell, La política y el idioma inglés (1946).

En algún despacho de La Moneda alguien debe haber pensado que a Chile le faltaba una celebración. No más tiempo para las familias, no necesariamente mejores condiciones para criar o cuidar, sino una fecha en el calendario. Un domingo para encontrarnos, abrazarnos, pasear y, si todo sale según lo previsto, producir una bonita fotografía de unidad nacional.

Y como parece que hasta para reunirnos necesitamos inspiración extranjera, la ministra de Desarrollo Social y Familia, María Jesús Wulf, encontró una comparación: una suerte de Thanksgiving chileno.

El pavo, suponemos, es opcional. La desconexión con la realidad es lo que merece discutirse.

El Gobierno del presidente José Antonio Kast impulsa para este 8 de noviembre el primer Día Nacional del Encuentro Familiar, bajo el lema «Chile, una gran familia». La iniciativa busca promover la convivencia, abrir espacios recreativos y fortalecer los vínculos afectivos. Sobre el papel, una propuesta difícil de objetar. ¿Quién podría estar en contra de que las familias compartan tiempo juntas?

Pero precisamente ahí comienza el problema: cuando la política se refugia en causas tan universalmente aceptadas que termina evitando las preguntas verdaderamente difíciles.

La polémica estalló cuando Catalina Schaerer, conocida en redes sociales como «Mamá sin caos», hizo lo que muchas veces incomoda en los encuentros institucionales: dejó de hablar del eslogan y comenzó a preguntar por la realidad.

Habló de endeudamiento, inseguridad, crianza, ausencia de Sala Cuna Universal y falta de redes de apoyo. Preguntó, en definitiva, qué relación tenía aquella celebración con las dificultades concretas que enfrentan las familias chilenas.

La ministra reconoció parte de esos problemas. Incluso abordó la demora legislativa en materia de sala cuna y explicó que esta conmemoración no pretendía resolver todas las dificultades sociales. Su respuesta completa merece ser considerada.

Sin embargo, la explicación terminó girando hacia aquella imagen de un Thanksgiving criollo: encontrarse, disfrutar de la naturaleza y compartir algo sencillo.

Y es allí donde aparece la distancia que vale la pena examinar.

Porque mientras la política habla de encuentros, miles de hogares deben organizar su vida alrededor de horarios laborales, deudas, cuidados, desplazamientos y obligaciones que no desaparecen porque el calendario anuncie una celebración.

El Gobierno invita a reservar el domingo para la familia. La realidad, en cambio, no siempre permite reservar ni siquiera una tarde.

Desde la ciencia política, estamos frente a una tensión clásica entre las políticas simbólicas y las políticas materiales. Las primeras reconocen valores, construyen relatos y buscan cohesión social. Las segundas deben traducirse en servicios, derechos, recursos y soluciones verificables.

Ambas pueden convivir. El error comienza cuando la comunicación gubernamental adquiere mayor protagonismo que las condiciones que permitirían hacer realidad aquello que se celebra.

Y esto no es simplemente una discusión ideológica entre oficialismo y oposición. Es una exigencia elemental de gestión pública: las prioridades de una administración deben poder explicarse desde la vida de las personas y no solamente desde sus campañas comunicacionales.

Las cifras ayudan a dimensionarlo. Según el Censo 2024, el 21,8% de los hogares chilenos está compuesto por una sola persona. Y la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2023 mostró que, en las principales zonas urbanas del país, las mujeres destinan diariamente dos horas y cinco minutos más que los hombres al trabajo no remunerado.

Son cifras que describen un Chile bastante más complejo que la fotografía tradicional de una familia reunida alrededor de una mesa.

Porque hay madres que no necesitan una invitación a celebrar, sino una red que les permita descansar. Hay padres que quisieran estar más tiempo con sus hijos, pero trabajan por turnos. Hay abuelos que sostienen hogares enteros. Y hay personas que, aun teniendo familia, viven una profunda soledad.

Por supuesto que una caminata, una conversación o una tarde compartida pueden ser valiosas. Nadie necesita autorización gubernamental para reconocerlo.

La pregunta es otra: ¿qué hace el Estado para que esos momentos sean posibles con mayor frecuencia?

Tarapacá: cuando las regiones vuelven a quedar al margen del relato

La contradicción adquiere otra dimensión cuando observamos la iniciativa desde el norte.

El Gobierno anunció la adhesión de museos, espacios culturales y parques nacionales. Sin embargo, a pocos días de la celebración, la información pública revisada todavía no permitía identificar una programación oficial específica y suficientemente detallada para las distintas comunas de Tarapacá.

En Iquique existen panoramas culturales y deportivos que coinciden con el domingo. Pero una actividad programada previamente no se convierte automáticamente en una política de encuentro familiar por compartir la misma fecha.

Y fuera de la capital regional surgen preguntas todavía más pertinentes.

¿Qué alternativas tendrá una familia de Alto Hospicio? ¿Qué actividades se han organizado en Pozo Almonte, Pica, Huara, Camiña o Colchane? ¿Cómo participarán quienes viven en localidades apartadas? ¿Qué facilidades existirán para personas mayores o con discapacidad?

Si la respuesta consiste en sugerir una visita a un parque nacional, convendría recordar que llegar al altiplano desde la costa supone transporte, combustible, planificación y condiciones de seguridad que no todas las familias pueden asumir.

Es fácil hablar de encontrarse cuando no se considera cuánto cuesta llegar.

Una política nacional no puede medirse solamente por la belleza de su mensaje. También debe observarse su alcance territorial, su accesibilidad y la capacidad de las instituciones para convertir una invitación en oportunidades reales.

De lo contrario, las regiones corren el riesgo de aparecer nuevamente como destinatarias de una campaña diseñada desde Santiago, pero no necesariamente adaptada a sus realidades.

La política que quiere comunicar, pero no siempre escuchar

La controversia sumó otro episodio cuando el Ministerio de Desarrollo Social solicitó a Schaerer retirar el video de su intercambio con la ministra.

La cartera argumentó que se trataba de una reunión privada, que existían restricciones para grabar y que debían resguardarse las demás participantes. Negó haber ejercido presiones.

Esas explicaciones no deben omitirse.

Pero el episodio deja una pregunta institucional de fondo: ¿están preparados los gobiernos para recibir cuestionamientos cuando convocan a la ciudadanía a participar de sus iniciativas?

Invitar a creadores de contenido para difundir un mensaje puede ser una estrategia comunicacional. Escuchar sus reparos exige algo diferente: disposición a enfrentar preguntas que no estaban en la presentación.

Y esa es una debilidad que trasciende a este Gobierno.

Durante años, administraciones de distintos signos han confundido la comunicación de una política con su éxito. Se inauguran campañas, se presentan logotipos, se anuncian compromisos y se multiplican publicaciones en redes sociales.

Mientras tanto, la ciudadanía continúa evaluando al Estado con indicadores mucho más sencillos: si consigue atención, si llega a fin de mes, si puede criar con tranquilidad y si encuentra una institución capaz de responder cuando necesita ayuda.

No se trata de negar el valor de los símbolos. Se trata de exigir que los símbolos no terminen ocupando el lugar de las respuestas.

Porque un gobierno puede declarar que la familia está en el centro de sus preocupaciones. Pero esa afirmación adquiere contenido cuando sus decisiones permiten observar qué significa, en la práctica, situarla allí.

El domingo de la fotografía y el lunes de la realidad

Quizás la mayor ironía del Thanksgiving chileno no esté en haber tomado prestada una referencia estadounidense.

Está en la posibilidad de que el domingo celebremos aquello que el lunes volvamos a encontrar tan difícil de sostener.

El domingo habrá invitaciones a compartir. El lunes volverán los turnos laborales, los desplazamientos, las cuentas pendientes, las dificultades de cuidado y las familias intentando organizarse con el tiempo y los recursos disponibles.

El domingo se hablará de unidad. El lunes persistirán las diferencias materiales que condicionan la vida de millones de personas.

Y allí estará la verdadera prueba de esta iniciativa.

No en cuántas fotografías se publiquen, ni en cuántas autoridades asistan a una actividad, ni en qué tan emotiva resulte la campaña.

La prueba estará en si esta conmemoración abre una conversación que se traduzca, con el tiempo, en mejores condiciones para las familias.

Porque gobernar no consiste únicamente en convocar a las personas a encontrarse. También supone comprender las razones por las que muchas veces no pueden hacerlo.

Y porque la ciudadanía no necesita que la política le enseñe el valor de la familia. Lo conoce desde mucho antes de que existieran ministerios, campañas o celebraciones oficiales.

Lo que necesita es que sus autoridades comprendan cuánto esfuerzo cuesta, en ocasiones, mantenerla unida.

Ojalá este domingo sea una jornada de alegría. Ojalá las familias puedan compartir, conversar, reencontrarse y construir recuerdos. Nada de eso merece desprecio.

Pero cuando termine la música, se apaguen las cámaras y desaparezcan las publicaciones institucionales, habrá una pregunta esperando al otro lado de la celebración.

Una pregunta que ninguna fotografía podrá responder.

¿De qué sirve que el Estado nos invite a encontrarnos un domingo, si todavía nos cuesta tanto construir una vida que nos permita estar juntos el resto de la semana?

Porque los abrazos no se decretan, el tiempo no se regala mediante una ley y la dignidad de una familia no se construye con un eslogan.

Chile no necesita que La Moneda le enseñe a celebrar a sus familias. Necesita que la política no se olvide de ellas cuando termina la celebración.

Y si alguna vez queremos hablar de un verdadero Día del Encuentro Nacional, comencemos por el encuentro que sigue pendiente: el de quienes gobiernan con la realidad de quienes deben vivir con sus decisiones.

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